Nuestras pequeñas historias
por
Marta Blanco Fernández
Catedrática del Ies Altaia de Altea.
Se suele decir que la Historia, la de los libros, esa que escribimos con mayúsculas, no tiene en cuenta las pequeñas vidas de las personas que la integran, las historias -con minúscula-, y las obvia, las margina o, simplemente, las olvida. A veces, estas historias se salen de lo cotidiano, de lo esperable, y van más allá, ganándose a pulso el adjetivo de “heroicas”.
Y así es como podemos calificar a Sonja Wigert, la actriz noruego-sueca que puso en jaque su carrera artística, así como su integridad y la de los suyos.
Aclamada por su público, cuando los nazis ocuparon Noruega estaba en la cima del éxito. Esto le sirvió para codearse con las cúpulas que se hicieron con el poder y así filtrar información a la resistencia. Durante unos meses llenos de mentiras, angustia y desconfianza, Sonja fue un peón en una partida de la que ella sólo podía vislumbrar la siguiente casilla del tablero.
Al acabar la guerra, su nombre, a ojos de sus amigos, conocidos y familiares, estaría para siempre vinculado a la cúpula nazi.
Nadie habló por ella. Nadie desmintió esta idea. Nadie explicó que, en realidad, Sonja trabajaba para los aliados.
Pasaron los años y, quizás por la necesidad de dejar atrás el pasado, decidió cambiar su lugar de residencia, a un lugar más cálido donde poder pasar desapercibida. Ir a comprar al mercado o pasear por la playa sin que la reconocieran debió de ser para ella todo un alivio. Escogió como lugar donde pasar la última etapa de su vida L’Alfàs del Pi, localidad que, de alguna manera, le permitió mantener ese vínculo con Escandinavia debido a la incipiente colonia noruega que se había establecido allí.
Eran los primeros años de la década de los 70
Desconocemos la magnitud de su soledad, y su integración real, pero podemos hacernos una idea de la amargura de saber que diste todo por tu tierra, por los tuyos y por la libertad, que tu lucha fue una lucha antifascista en la que pusiste el cuerpo, y que, al final, moriste sin una palabra de reconocimiento, un gracias, Sonja, no lo olvidaremos. Falleció el 12 de abril de 1980 en la localidad de la Marina Baixa que la acogió en sus últimos años de vida. Y no fue hasta la década de los 2000 cuando se desclasificaron esos documentos que contenían toda la información sobre sus misiones secretas.
Una mujer que puso en jaque a toda una cúpula nazi y que contribuyó a que imperara la paz en Europa
Para recordar su vida y homenajear su historia, las asociaciones La Companyia y Klías hemos realizado a lo largo de este mes de abril una serie de actividades que culminará el próximo sábado 25. Nos reuniremos, en un acto público, en el cementerio donde yacen sus restos y, allí, honraremos su memoria con flores y poesía.
Porque a nosotras -también y sobre todo- nos importan las historias con minúscula.
















